Manu Muñoz, el pintor que no estaba allí

Cada vez que Manu Muñoz dice que es de Cabo de Gata, le disparan con el tópico de las espléndidas playas, los pescadores de curtida tez y los barecitos de tapas de pescaíto. Él pone cara rara porque, por extraño que parezca, dice no sentirse influido creativamente por un entorno tan carismático. Es, como si no viviera donde vive, como si no estuviera allí.

 

Que nadie se lleve a equívocos. Manu Muñoz, que nació en Cabo de Gata y lleva viviendo allí casi toda su vida, no reniega de su origen. De hecho, ama esa tierra. El tema es que, como decían los Pata Negra, «Sevilla tienen dos partes, dos partes bien diferentes: una la de los turistas y otra en la que vive la gente». Con el Cabo de Gata pasa lo mismo. Él lo percibe a su manera y, sobre todo, asegura que en este momento no le representa una fuente de inspiración. Solo por eso, ya se desmarca del patrón habitual de artista marcado por el entorno. «No pretendo huir», dice, «simplemente ya lo he vivido demasiado, ya no me motiva apenas y, como todo páramo, tiene sus pequeños infiernos».

 

Comenzó a pintar con espray cuando tenía 13 años. El grafiti fue su primera forma de manchar cosas pero hace 20 años que pinta en soportes más convencionales. «Todo empezó de forma muy espontánea, ni siquiera me planteé dedicarme a esto. Sí tenía una curiosidad insana desde pequeño por todo lo desconocido. Tener la sensación de poder crear imágenes fue algo narcotizante. Luego, el hecho de conocer a personas que han sido claves en mi vida me hizo instalarme en este mundo», explica.

 

Una vez que Muñoz renegó del estigma local a la hora de sacar lo que lleva en la cabeza, comenzó a apoyarse en sus creadores favoritos. Al principio, confiesa, eran creadores como Barceló, Sicilia, Lautrec, Hamilton o Ben Nicholson. Ahora mira al arte británico y cita a Sargent o Constable pero, más allá de esas referencias, dice que se saca ideas de cualquier cosa, «desde algo que comí hace semanas a algún recuerdo que se me cuela en la mente mientras trabajo. Cuando estoy pintando la cabeza me va a mil y no estoy precisamente pensando en lo que estoy haciendo, más bien en cosas que me han ocurrido, en personas…. Todo ello está ahí, muy escondido, pero está. La imagen es un mero pretexto casi siempre“, señala.

 

Manu Muñoz inaugura exposición en Madrid el próximo martes, 28 de enero. Lesser Beings, el material que presentará en la Galería Blanca Soto, es una continuación de The Flight, una serie de pinturas que formaron parte de su muestra en la AM Gallery de Almería.

 

Tanto Lesser Beings como The Flight exploran territorios que nada tienen que ver con la luz y el salitre del levante almeriense. El resultado formal tiene más que ver con la etapa que Muñoz vivió en Londres hace 4 años. «La naturaleza, las aves, el cambio, las culturas antiguas como el medievo o el arte japonés tradicional son algunos conceptos que estoy barajando ahora y que me dan el juego suficiente para componer esos escenarios casi irreales”.

 

Hay bruma, sueño y rostros dispersos en las propuestas actuales del pintor almeriense, pero el proceso de trabajo no tiene nada que ver con este, en ocasiones, sombrío resultado. «Parto de un concepto muy general sobre lo que quiero hacer, luego busco algunas imágenes, leo sobre ello e intento que se adapten a lo que quiero a nivel plástico. Voy trabajando sobre ellas con Photoshop o transformándolas sobre el papel. Cuando hay algo que merece la pena lo llevo al lienzo, lo trabajo un tiempo, fotografío el resultado y vuelvo a trabajarlo con el software, así puedo pasarme semanas o meses».

 

A pesar de su insistencia en la pelea con las obras, Muñoz surca otros senderos. Colaboraciones en moda, diseño gráfico o diseño de apps móviles completan su tiempo. «Me gusta porque sigue siendo un ejercicio creativo, pero visto desde otra perspectiva, con otros parámetros y menos sufrido que la pintura», declara.

 

Confiesa sentirse tentado por la escultura, la fotografía o las instalaciones, y eso le pasa «cuando me llega la pintura a las cejas tras diez horas pintando. Tengo una idea fija en la cabeza y es que cualquier representación plástica gana enteros cuando nos vemos superados por ella en tamaño. Ese concepto físico hace que nos atrape desde el primer momento, al margen de lo que podamos sentir o apreciar después».

Tras el trabajo le queda la batalla de, según dice, «salvaguardar mi libertad personal y creativa. Procuro mantener la cabeza fría para no convertirme en un idiota más de los muchos que hay en el mundo del arte. También quiero decir que estoy enamorado». Bien, buen final, porque el amor, por lo que sea, es todo lo que tenemos.

 

Fuente: yorokobu.es